Cuentos de Ropa

Cuentos de Ropa

100% Algodón y Olvido


100% Algodón y Olvido
Por Olga Contreras

100% algodón estampado con serigrafía, nada especial, una blusa sencilla. Por eso es que a ella misma le extrañó su reacción tan violenta cuando le cayó encima aquella copa de vino tinto. Como si abrieran una compuerta de golpe, así llegaron a su mente los recuerdos: agolpados, torrenciales, desordenados, rebelándose a su encierro forzoso, volviendo a aparecer en su vida sin anunciarse, sin haber sido solicitados. Recordó palabras susurradas, caricias regaladas, promesas cumplidas, juramentos rotos, todo aderezado con latidos a paso doble, sabor a canela, olor a mar y río y aquel color azul matizando cada uno de los detalles que vinieron a sacarla de su amnesia selectiva.  
Con la misma desesperación de aquella pasión malograda, enjuagó la blusa una  vez tras otra, con jabón, con sal, con vinagre, con todo lo que le recomendaran. No podía pensar que una mancha tal maculara su nostalgia.
Mientras la lavaba, lloraba. Se fijó como las lágrimas iban haciendo la labor limpiadora que los más finos detergentes no pudieron. Y con cada gota un recuerdo menos, una punzada que se iba, un dolor que se calmaba, un fuego que –así como había llegado- se iba de regreso a la esquinita derecha del lóbulo frontal. Gota a gota, vio desaparecer fragmentos de su propia vida, de aquel amor de cuerpo perfecto; de la sonrisa tatuada en su alma por dos años y del descubrimiento que la cambió en una mueca de dolor por otros dos años más,  de su decisión, de la dolorosa despedida donde se dejó el corazón usando una sencilla blusa 100% algodón. 

Cuentos de Lluvia


Doña Luz


Doña Luz
Por Tania Hernández

A veces hay que dejar que la lluvia cubra la isla, que la inunde. Con esa frase me explicó  Doña Luz los ojos rojos e hinchandos que tenía ese día. Había llorado mucho y apenas escampaba cuando me abrío la puerta. Me invitó a pasar a la sala, para que pudiera esperar a Eliseo. Siempre llegaba tarde de los entrenos, y más en épocas de campeonato. Yo me senté en el sofá, ella trajo té para las dos y me empezó a platicar. Se había pasado toda la noche anterior leyendo las cartas que tenía en su caja de recuerdos. Había tenido varios amantes. No me contó cuantos, pero sí que los tenía ordenados en paquetitos, cada uno conteniendo, aparte de las cartas, fotos, dibujos en servilletas, tarjetas de cumpleaños y tickets de entrada al cine, al teatro y a conciertos. Lo único que no guardaba eran invitaciones a las bodas. Sí, me dijo rabiando, hay algunos que se atrevieron a invitarme a sus bodas. Yo también me casé, siguió contándome, pero una sola vez. Después de tener a la mamá de Eliseo me di cuenta que no estaba hecha para estar en familia. Aguanté dos años y luego me fui. Mi hija todavía no me lo perdona. Regresé cuando ella tenía trece y su papá había muerto. Nunca nos llevamos demasiado bien. A los dieciocho ella se fue a vivir con el papá de Eliseo, y yo volví a ser libre. No se crea, no han sido tantos, me dijo como disculpándose. A mí me gustan las historias largas, prosiguió, siempre y cuando no tengan pretensión de eternidad. Tal vez la miré con ojos preocupados, porque me dijo, no se preocupe, me parece que Eliseo no heredó mi soltura. Él salió a la madre. Tanto se parecen que se pelearon y por eso él se vino a vivir conmigo. Yo acepté porque me cae muy bien el muchacho. Es muy dulce, como usted ya sabe. Pero ya me empieza a ahogar. No puedo salir con libertad, porque siento que tengo que darle el ejemplo. Tal vez quiero intentar ser con él la madre que no fui para mi hija, pero me temo que no se va a poder. Ya hasta siento que la piel se me agrieta porque me estoy quedando seca de historias. Hace rato que nadie me toca. Por eso me puse a leer las cartas ayer, a ver las fotos. A tristear por lo que fue y por lo que no fue. No quiero olvidarme de que este cuerpo sirvió para algo más que para los achaques y las medicinas. Tenía que llorar para humedecerme por dentro. Quiero inundarme de nostalgia para recordar que vivo. Se levantó para traer la caja que guardaba bajo llave en su closet. Agradecí que entonces llegara Eliseo y la conversación acabara. No quería darle rostros ni letras a las historias de Doña Luz. Ellos no me interesaban. Me interesaba ella. Al mes de esa conversación corté con Eliseo. Él quería una relación para siempre y a mí me gusta ser libre. Poco después Eliseo volvió a vivir en casa de su madre. A veces Doña Luz y yo nos tomamo un té en la terraza de su casa, nos contamos nuestras historias y nos reímos cuando algún día, por casualidad, coincidimos en la lluvia y los ojos rojos. Ya me compré mi propia caja de recuerdos. Yo también soy una isla. 

Fátima


Fátima
por Marilinda Guerrero
Fátima utilizó jabón de ajonjolí con unas pizcas de pimienta como exfoliante para las  células muertas. Utilizó un shampoo de romero con hojas de orégano para el brillo del pelo. Se secó y colocó loción refrescante en su cuerpo. Volteó al suelo y observó su silueta iluminada por el arcoíris dibujado en la ventana.  Sus poros abiertos, piel morena, piernas contorneadas y busto delineado. Fátima se dio cuenta de lo hermosa que era. Se peinó el pelo. Paseó un par de veces en el apartamento desnuda, exhibía  su anatomía a las sillas y cojines, los cuales quedaron boquiabiertos al verla. Se observó al espejo y notó como su reflejo la deseaba. Ese día ella iba a salir. No le importó la lluvia. Se colocó el vestido azul con flores blancas, combinado con el collar y aretes rojos que mejor resaltaban el rosa carmín de sus labios. Fátima se pintó las uñas, de color rojo. Se maquilló y repasó la sonrisa que le daría a su novio cuando se vieran. Tomó el bolso color amarillo y colocó un perfume pequeño, su billetera, espejo y maquillaje ligero por si lo necesitaba. Tomó un paraguas que combinara con su atuendo. Salió contoneando sus caderas, embruteciendo a todos los que pasaban cerca de ella. Caminó unas cuantas cuadras, cinco a la derecha, dos a la izquierda. Paró frente al semáforo y se peinó las mechas de cabello que cubrían sus ojos. En todo el camino dejaba el olor de su perfume mezclado con la humedad del día. Llegó al punto de reunión. Entró al restaurante, sonrió al mesero Tengo una reservación a nombre de Fátima. El mesero la llevó a la mesa donde estaba ya esperándola su novio, el cual estaba en ese momento hablando por teléfono. Fátima se sentó, esperó que terminara su novio la conversación. Mientras tanto, realizó un reconocimiento del restaurante. Varios hombres la observaban y ella se sentía bella, muy bella. Terminó de hablar el novio. Ella sonrió y el, muy serio. ¿Fátima qué es ese trapo que te pusiste encima? ¡Está lloviendo por el amor de Dios!  ¿ y ese maquillaje de prostituta que llevas puesto? ¿no crees que me dá vergüenza andar con una novia que parezca pura puta barata? Fátima bajó la mirada. Te ordeno que vayas al baño y mínimo te quités ese maquillaje tan mierda que te pusiste. Lo siento, murmuró bajo Fátima. Se levantó. Fue al baño. Su paso había cambiado, sus pies tropezaban con todo, su espalda se encorvó, sus caderas se achicaron, la nariz le creció, el busto desapareció y al verse al espejo Fátima soltó una lágrima mientras se desmaquillaba para su novio. Esa tarde una tormenta azotó con fuerza en aquella región.

cuentos de sequia


LA LLAVE

LA LLAVE


Olga Contreras

  - No se me ocurre nada, tengo el coco seco- dijo sin más y se levantó de la silla.

Me duele verlo así, batallando contra un enemigo de tinta y papel, luchando contra molinos de letras que no se animan a juntarse –por timidez tal vez- para contar esas historias que tanto amo.

   - ¿Te puedo ayudar, amor?- le pregunté acariciándole el cuello.

   - A menos que me metás una inyección de imaginación, no…

Pasaron semanas, meses y la musa seguía en el limbo. Pobre hombre, parecía que iba a estallar, congestionado de tanta nada arremolinada en su cabeza. Así que hice lo que mi corazón mandaba: le di la llave de mi imaginación, para que la tomara prestada unas horas nada más, para que volviera a hilvanar sentimientos con pasiones. El resultado: una vorágine de los mejores cuentos jamás escritos por él; una amalgama ideal de su talento con mis sueños, de su tinta con mi sangre.

    - Sólo un poquito más - me clamaba y reclamaba, como quién necesita de esa droga que gota a gota le quita la poca vida que le queda.

   -Ya no mi amor ¡por favor! Siento que me has sacado tanta agua que la sequía me comienza a consumir- suplicaba yo sin mucho poder de convencimiento.

   -Te juro que es la última vez- y usando la llave que yo le había confiado, exprimió lo poco que quedaba en mí. Salió su historia, pero no tuvo un final feliz. Para nadie.

Agua Tata


Agua Tata
Nicte Walls

oía el poema en su memoria, "agua tata, agua nana" y no recordaba más que ese verso, ni de quien era, ni quien lo declamaba, el calor la hacía enfurecer mientras intentaba culpar a las hormonas (que en realidad no tenían la culpa) de sus sudores y miraba hacia su escote el minúsculo charco que se formaba entre sus grandes pechos todavía turgentes.
El calor seguía comiéndosela viva, en su oficina con aire acondicionado, no hubiera pasado esto, se culpaba por estar en trabajo de campo (como si tuviera que hacerlo) tratando de engatusar al joven gerente que no le lanzaba ni un mal chiste, pero se lo traía entre ceja y ceja y se había propuesto terminar de ser la jefa comprensiva y convertirse en la viuda negra que todos decían que era, luego de 3 matrimonios y sin hijos, la cama le quedaba grande y solitaria.
Se sabía bien la historia del muchacho, una esposa joven y bonita con gustos demasiado caros, sabía de los gemelos recién nacidos y de la secretaria que se estaba tirando, era un bocado fácil, y lo entendió cuando lo vió caminar hacia ella con un par de botellas de agua helada que había conseguido quien sabe donde en este pueblito tierroso, en la platica de la tarde se puso de condición para seguir con el trabajo.
Amanecieron en el único hotel que tenía aire acondicionado, ella agradeció su edad y la pericia demostrada, desayunaron y partieron al siguiente pueblo terroso que les quedaba en el camino, ya satisfecha el calor había disminuido y la sensación de camaradería se había ido, no hablaron por el camino, les tocaba atravesar unos kilómetros aislados, cuando ella vio la columna de vapor del radiador, mierda, a las 11 de la mañana, sin señal del celular.
El ofreció ir por ayuda, caminaría un poco, llevaba agua y le dejó una pequeña botella con agua, no se molestó en darle un beso, lo rechazó como quien ya no tiene ningún interés, quería regresar a la ciudad, nada más que eso.
Pensó que regresaría pronto, así que se sentó a esperar adentro del carro, el calor seguía subiendo y se quedó dormida, despertó para ver el sol todavía arriba, se tomó la botella entera y se lavó la cara con el resto, no podía tardar más, el pueblo estaba a 10 kms, se volvió a recostar y se quedó dormida.
cuando abrió los ojos era de noche, el frío se sentía fuerte, el chavito no había regresado y no había luna, se puso el sueter y entonces se dio cuenta que no estaban las cosas de él, lo maldijo mientras esperaba la mañana, si, lo iba a despedir y vería quien era ella, por ese camino alguien tendría que pasar...lloraba quedito mientras repetía "agua tata, agua nana" esperando el amanecer.

cuentos de niños


Larissa


Larissa
Por Tania Hernández

Esta casa es mágica, me dice Larissa. Hay escaleras que se mueven, puertas que se abren a corredores interminables, balcones de los que uno brinca y se cae para arriba. Sus historias me parecen una combinación de Carrol y  Rowling, pero esa es mi referencia no la de ella. Por lo menos eso creo. Nadie tiene el patente de lo fantástico. Larissa sigue contándome de sus aventuras por la casa, de la gente que ve, de la gente con la que habla, de los perros, los gatos, los loros. Todos viven acá, pero no se conocen. Hay mucha gente, muchos animales, muchos muebles. La casa es muy grande, hacia adentro. Esa es la conclusión a la que ha llegado. Pareciera que tiene necesidad de explayarse en detalles, de hablarme de monstruos buenos y humanos malos, de niños que nacen al revés y por eso no encuentran la vida, y de la tristeza de las despedidas que cubren las paredes.
Apenas tiene diez años y sabe más de la vida que yo a mis cuarenta. O de la gente más bien. Es porque la casa es mágica, me aclara, ella me cuenta mucho. Me invita a seguirla por unas escaleras que aparecen de repente y que cruzan misteriosamente las paredes de mi cuarto. Te podría mostrar mi tiempo y otros tiempos. Le respondo que no, que me da miedo quedarme con ella al otro lado y no volver jamás. Ella dice que la del otro lado soy yo. Sonríe. Y corre por la escalera que desaparece con ella. 

Monólogo de la Cama de Motel


MONOLOGO DE LA CAMA DE MOTEL
por Gerardo Gálvez

Soberana  absoluta e indiscutible de la recamara numero cuarenta y cuatro del Motel “ Sweet Dreams”
En posición central de la periferia cuadrada de la habitación.
Recibiendo los cuerpos de los que me visitan, sus sudores, sus jadeos,  sus eyaculaciones, sus orgasmos.
En mi regazo se consuma la pasión ardiente de los amantes, la vergüenza de las adulteras,  el misterio de los sexos, la intimidad que da alaridos de placer al traspasar lo prohibido,  escapar del edén de lo estable , lo seguro, lo correcto, a la adrenalina de lo incierto…
No fui fabricada para recibir los mismos cuerpos cansados de simples mortales que , en hogares cercados de Misas, Cuchubales y Condominios, pernoctan . No soy cama de las normales donde transcurren los sueños, yo no se nada de sueños,  solo conozco  instintos...
 En mis cabecera no existen Crucifijos,  ni Ángeles de la Guarda.
 No hay rosarios, relicarios o novenarios  en las mesas de noche, ni libros, ni revistas de modas o del jet set.
Los que se revuelcan en mis cobijas, son todos extraños, no tienen exclusividad mis colchones.
- No señor:  no soy de las camas convencionales.-
Cama de motel, donde las ropas de dormir se desconocen,  donde las clases sociales se mezclan, donde no existen palabras, sino solo gemidos de placer resuenan.  

El Portal


El portal
por: Marilinda Guerrero

La niña se maquilló para su próximo cliente.  Retocó el rímel en las pestañas, aplicó de nuevo pintalabios y rubor en sus mejillas. Se veía guapa, a pesar de las marcas evidentes de soledad y tristeza en su rostro. Esa noche debía atender a un hombre refinado que decía buscar sexo ardiente sin compromisos.  Llegó al sitio asignado, bajó del carro. El agente de seguridad del hotel hizo una mueca de disgusto al verla entrar. Ella lo saludó con una sonrisa tímida, intentando mantener el equilibrio con los tacones de aguja que utilizaba. Ya sabía cual era la habitación, el nombre de su cliente y la tarifa asignada. Sabía que si se portaba bien le pagarían más. Tocó la puerta e ingresó al cuarto donde se encontraba un hombre maduro en bata, recostado sobre la cama viendo la televisión. Le señaló el sitio donde estaba el baño.  Cuando iba a entrar, se topó con un objeto. Bajó la vista y observó la fotografía de un niño de aproximadamente su misma edad. Llevaba puesto su traje de colegio. La hizo recordar su escuela y  cómo le gustaba ir. Era buena para las matemáticas, había sido la mejor en idioma español. Mientras orinaba, las imágenes del piso de tierra y el patio del recreo donde jugaba tenta con sus amigas se mostró frente a sus ojos. Sonaban las gotas de orina en la taza del inodoro.  Extrañada, estiró la mano. Pudo atravesar la pared. Se subió el pequeño calzón, armó de valor y entró al portal. Los niños de la escuela la voltearon a ver. Era una niña extraña,  vestida y maquillada como adulta. Volteó a ver  atrás y vió que el portal seguía abierto. Tenía miedo que fuera solamente un sueño. Estaba cansada de estar sola, no quería saber más del sexo, del pene, de los hombres, de sus sueños rotos y las rasgaduras constantes en su vagina. Un niño corrió a llamar a una maestra. Escuchó la voz de su cliente llamándola para hacer el trabajo. Iba a atravesar el portal de nuevo, cuando la mano de la catedrática  la jaló hacia el salón. Una vez dentro, le dio un beso en la mejilla y peinó su pelo. Le quitó el maquillaje y dio un nuevo uniforme a ella. Volteó a ver al portal y se había cerrado. 

Siete punto cinco.

Siete punto cinco 
por Olga Contreras

Habían llegado al matadero y no precisamente como ovejitas. Más bien como lobos dispuestos a ejercer su amor semanal entre sábanas que sólo conocían historias como la de ellos.
Pero esta vez era diferente, los dos tenían noticias para compartir pero que decidieron guardarse a modo de after party. Él, que su esposa estaba oliendo el rastro y que la cosa iba a tener que enfriarse. Ella, que de tanta calentura su horno iba a dar un fruto.
Las cosas sucedieron como estaba previsto: un beso por aquí, una caricia por allá, gemidos por doquier. Tan en sincronía pensaban que estaban, que sus egos se inflaron cuando sintieron que el mundo mismo se movía y se estremecía al compás de su pasión.
     - Bueno, al menos alguien murió feliz- decían entre bromas los bomberos encargados de sacar los cuerpos de aquel motel devastado por el terremoto.

Silencio

Silencio
por Valeria Mejía

Esta vez se astilla la uña, ha hecho de rasgar una piedra un hábito, sentado bajo su árbol, lugar habitual de meditación se mece de adelante a atrás como un autista, con la mirada perdida,  con la mente turbada.
Silencio alrededor, ¡que comparación! Con lo que retumba en su interno. Más se siente preso… incapaz de articular palabra que exprese su sentir, aislado en su propia cárcel, cárcel de miedos,  temores  e incertidumbres.

Libertad


¿LIBERTAD?
Por Olga Contreras
Presa, sin condena ni juicio. Mis barrotes son los hilos invisibles e invencibles de tus palabras, de tu respiración jadeante en mi espalda, que me ata y desata a antojo. Libertad condicionada a tu mirada llena de mentiras que ocultas con besos sabor canela y miel. El mero recuerdo de tu boca me despoja de cualquier ápice de voluntad que no te haya sido entregada ya.
Atrapada en la esperanza de tu entrega que se tarda, que se me niega, que me duele. Indiferencia que me encierra más en la profundidad de mi soledad.
Apareces de nuevo. Tus palabras y mi pasión siempre son el caldo de cultivo perfecto para desatar esta tormenta de locura que arrasa con mi mundo confinándome al tuyo.
 ¿Libertad? Tengo la llave, tengo el cerrojo, decido quedarme. 

Cambio de Vida


Cambio de vida
Por Marilinda Guerrero
Con una cuchara cavó a través de las paredes de aquella prisión oculta por el follaje del bosque, el cual nadie traspasaba por miedo a sus fantasmas. Cuentan que en las hojas de los árboles se escuchan los murmullos de los antiguos condenados, de las mujeres y hombres torturados. A veces suena el látigo y los gritos de los flagelados.
La cuchara surcó en la tierra. Su respiración agitada era lo único que escuchaba. Si su madre supiera de él. Nunca la conoció. El juez y el psicólogo determinaron que esa era una de las razones de su ira reprimida. Ni el mismo entendió cuando colgó a sus vecinos después de haberles pedido de modo razonable que bajaran el ruido de su equipo de sonido. Lo único que necesitaba era silencio.
Desde niño conoció el silencio. En el estomago de su madre, siempre oculto por ella. Nunca le habló, ni se dirigió a el.  Nunca pudo moverse con libertad. Ella siempre lo ocultó tras las múltiples fajas que se colocó en el estómago. El parto fue en silencio, a escondidas. Con las tijeras cortó el cordón, se lavó y secó las manos. Se subió el calzón y piernas abiertas abrió la puerta y la cerró. La muchacha de la limpieza lo encontró sobre el lavamanos, cubierto en placenta y sangre. Al llevarlo al hospital, los doctores lo recibieron en silencio, indignados por la indiferencia de la madre. Cuentan que murió desangrada metros después de la puerta que ella cerró. Siempre la extrañó,  la imaginó llegarlo a traer al orfanato, para jugar y sentir su cariño.  Vivía en silencio, mientras los demás niños gritaban.
El surco en la  tierra cada vez más profundo, y sus lágrimas brotaban de los ojos recordándola. Sus ojos obscuros, pelo largo y pelirrojo. Se casó joven, y ella también.  Ambos sufrieron el destierro. Ella por sus padres, el por su madre.  Aprendió varios oficios en el orfanato, hasta que lo dejaron ir. Cayó preso por una equivocación, el momento incorrecto, bicicleta incorrecta, dia incorrecto. Llevaba ya dos años encerrado, en silencio. Conforme la tierra se acumulaba en sus uñas, escuchaba un a brisa soplar en sus oídos, era el susurro de su madre, instándolo a salir. Con cada excavación, mas cerca y fuerte sentía su corazón. Después de meses pudo traspasar el umbral hacia la libertad.Una vez fuera se sintió renovado, quiso celebrar su victoria, y lo hizo, gritando. 

Huellas Chiquitas



HUELLAS CHIQUITAS
Por Elenanura
Un blanco incandescente cubría la calle. Había nevado en abril como si de enero se tratara. Tú caminabas a mi lado dejando hoyitos en la colcha blanca que vestía las aceras. ¡Qué frió tengo! me dijiste. ¡Arrímate! Y tu mano entró por debajo de mi suéter. La sentí tibia en mi espalda a pesar de los cero grados. Fue un cambio brusco de temperatura el que tu tacto me produjo. Hay que ver, pensé, este debe de ser el cambio climático del que tanto hablan.
-Cuéntame cómo fue. Te dije como si todo siguiera igual y la temperatura no hubiera ascendido diez grados en mi piel
-El aire era denso, poco y caluroso. La luz escasa, amarillenta y tenue. Tras una cola de gentes silentes llegué hasta la Monalisa. Era chiquita, una carita tras un cristal de seguridad en la que la habían amparado. La joven miraba a todos lados. Su imagen era como la de los libros, igualita. Sólo que yo me la esperaba enorme, y sentí la decepción en los rostros de los que estaban a mi lado. Treinta minutos para ver un original que me había roto el encanto de mi memoria, aquella imagen que tanto viajó bajo el brazo de su autor. Y entendí entonces lo posible de tanto traslado. Algo tan pequeño era fácil de transportar. Siempre me imaginé a Leonardo con un tremendo cuadro a su espalda, cargando aquella imagen por doquier, inseparable compañera de su labor durante tantos años. Y allí estaba, ¡que poquita cosa!
Luego, cuando hube superado la impresión de su minuto tamaño, pude realmente mirar el rostro de aquella mujer enigmática. Con su ausente vejez, y su juventud congelada, a la que el autor había protegido, dejando inmortales sus rasgos suaves y serenos.
Lo curioso es que de eso hace ya más de diez años, de aquella visita al museo. Y si me preguntas por cualquier otro cuadro que yo pudiera recordar, verías lo blanco que se quedó ese archivo de mi memoria. Curioso ¿no?, tan chiquita y es la única de la que conservo su imagen.
-Sí a veces pasa. Las cosas pequeñas son las que más huellan dejan.

Mareada

Mareada
por Nicte Walls

Creo que me desconcerté cuando amaneció, estaba apretada a tu cuerpo que sudaba copiosamente y nos cubria un enorme mosquitero rosado, la cabaña estaba más que ardiente con su techo de lámina de cinc y el piso de arena, la cama era tan pequeña que casi me caigo cuando intenté desamarrarme de tu abrazo, me apretabas con ganas y tenías la boca prendida de mi pezón, dormido, completamente dormido, como un bebé.
el cuadro era demasiado chocante para tolerarlo, me puse de pie, desnuda como estaba y alcancé a ver a un niño correr hacia la esquina. la cabeza me dolía, sentía la resaca en todo el cuerpo y además, verte allí, endemoniadamente blanco y sudoroso, con los calcetines puestos en la playa...era demasiado.
me vestí con lo que encontré de mi ropa, no apareció el brasiere de encaje y supuse que los niños se habían llevado también mi peine. ¿donde diablos estamos? y lo más importante ¿quién sos vos?
salí para ver un paisaje de ensueño, una mujer cocinaba pescado al lado de la cabaña, dos niños desnudos correteaban por la playa y el mar azul a poco menos de 300 metros.
"¿se levantó ya Adrian?" no logré reconocer a la mujer que me hacía la pregunta, menuda y morena de manos pequeñas se afanaba en la comida y me miraba con extrañeza, yo era la intrusa, pero no sabía quien era Adrian, supuse que el bello durmiente y le dije que no, pero que quería irme si no le molestaba.
Ella se agachó sobre el fuego a echar una tortilla, tomó otra de una calabaza vacía y me la dio "tome, hay agua en la tinaja" y me entregó la tortilla con un par de aspirinas, de irme no me dijo nada.
Adrian se levantó y los niños huyeron, pronto se dispuso una mesa bajo un plástico azul que hacía de toldo y ella, solícita como una esposa le sirvió un enorme caldo, a mi no me ofreció nada, ni siquiera una silla.
Adrian le gritó a uno de los niños que me trajera una silla, me senté a su lado con mi vaso de agua. balbucí algo como "gracias por todo, pero tengo que irme", por toda respuesta me miraste con unos ojos verdes brillantes, enojo y rabia y luego nada, ni una palabra.
pasé el día con hambre, nada más que la tortilla y ninguna indicación para irme, supuse que debía esperar a la noche, huir mientras dormías pero antes me obligaste a satisfacerte, una y otra vez, casi amanecía cuando al fin logré salir de la cabaña y correr por la arena, mis sandalias de tacon quedaron abandonadas mientras intentaba dirigirme a una luz que veía en la lejanía, cada vez más distante.
el dolor de mis pies me despierta, estoy en un hotel con aire acondicionado muy fuerte, tiemblo a tu lado en la cama más mullida que he visto, desnuda y con tu boca prendida a mi pezón de nuevo, si vos, fue un sueño, pero todavía no logro saber quien sos.

Ríos que van al mar


Ríos que van al mar
(Por Tania Hernández)


Ella era río. Él la quería lago, laguna, charco. Limitó sus pasos. Limitó su risa. La represó. No habrían más amistades, ni familia, ni vecindad, le dijo. Toda su energía, toda su adoración, debía ser para él. Pero hay voluntades que no se doman, fuerzas que no se aplacan, y, un día, un día que su tristeza llovió y llovió a mares, su deseo de libertad subió el nivel de su fortaleza y, en un solo instante, su decisión comenzó a inundarlo todo, a abarcarlo todo, la cocina, la sala, la cama... en especial la cama. Las sábanas quedaron en tiras, la cocina inservible, los platos rotos. Cuando él volvió del trabajo no quedaba mucho más que pedazos de desolación con olor a sal y un pequeño caracol en el que se oían las olas violentas de un mar en retirada. 

Aguas Profundas


AGUAS PROFUNDAS
Olga Contreras

El mar me pertenece. Soy una criatura marina y de igual suerte le pertenezco. El roce de sus aguas me ha hecho ser como soy, me moldea fortaleciéndome y mi cuerpo lo engrandece, lo integra y lo complementa. Compartimos médula, sol, estrellas y luna.
Al principio, el temor reverencial que sentía por el mar me hizo permanecer en la orilla y me conformaba con sólo sentir el manoseo de las olas que apenas alcanzaban a mojarme. El sol me abrasaba y yo anhelaba la pálida espuma que pudiera aquietar ese ardor, pero cuando por fin llegaba, la suave brisa no me daba todo aquello que yo oía en los tumbos al rugir.
Luego de un esfuerzo que casi me rompe, decidí mudarme a la reventazón, en medio del bramido de las olas, necesitaba sentir su fuerza y su poder. Mi cuerpo iba y venía al gusto del mar. Me hundía al fondo, de repente me elevaba a las crestas blancas y suaves, sólo para hacerme sentir su autoridad, su potestad, su dominio sobre mí. Él era mi señor y yo no lo debía olvidar. Me dejé perder en ese frenesí, en el ir y venir. Ya no concebía nada menos que su señorío y su pasión que finalmente acabaron minando mi esencia. Tenía que haber algo más en esa inmensidad, un lugar que yo no conocía pero buscaba. Un día sin más y sin motivo me dejé llevar por una corriente tranquila, tibia, purificadora. La corriente me conducía sin empujarme con el mismo ímpetu de las olas pero pidiendo mi permiso; adivinando mis deseos, reconociendo mis dolores.  
En las aguas profundas encontré la gloria. En ese vaivén suave y justo mi corazón a la deriva está a salvo, mi cuerpo a gusto y mi alma encontró reposo. La profundidad del mar me abraza, me respeta, me cuida de punta a canto. Lo mismo recibo el sol, que me refresca la brisa. La noche alumbra, asombra y te das cuenta que perteneces a ese infinito, que ese infinito es tan pequeño como vos y vos tan grande como él.  Perfecta armonía entre sentir y ser, entre torbellino y paz. Soy criatura marina, irremediablemente pertenezco a este abrazo, aquí me quedo.  

sugerencias

Estamos en cambio de administración del Blog, por el momento no hay temas sugeridos, tengo una lista para someterla a votación:
cuentos de vacaciones
cuentos de verano
cuentos de abril

pongan comentarios con sus votos para la próxima semana y que tengan una buena semana santa